«¿No deberíamos antes voltear a ver a nuestro propio país? ¿No deberíamos, antes de denunciar la discriminación en otra parte, voltear a ver nuestro propio racismo?»
Por Diego Ruiz
Esto sucede al mismo tiempo que muchos nos rasgamos las vestiduras ante el discurso racista y xenófobo que acaba de ganar las elecciones en Estados Unidos, a través de la candidatura de Donald Trump. Es cierto que de ninguna manera podemos aceptar un discurso de este tipo, sobre todo cuando va en contra de nuestros compatriotas, gente con la que compartimos raíces, cultura y muchos genes.
Pero, ¿no deberíamos antes voltear a ver a nuestro propio país? ¿No deberíamos, antes de denunciar la discriminación en otra parte, voltear a ver nuestro propio racismo, nuestra propia sociedad tan marcada por divisiones de clase y origen? Sería bueno que, antes de denunciar lo que ocurre en otro lado, comenzáramos por aceptar que en México, aunque no nos guste decirlo, existe el racismo y la discriminación. Y no como
casos aislados, sino en la dinámica del día a día de nuestra sociedad.
Es cierto que nuestras leyes, desde hace casi dos siglos, condenan la esclavitud. Es cierto que desde hace cerca de ciento cincuenta años, en las leyes no se hace distinción alguna entre razas, religiones o niveles socioeconómicos. Todos somos ciudadanos con los mismos derechos y obligaciones, según aprendimos en la escuela. Nada más lejano de la realidad. La noticia que sirve de pretexto para esta reflexión, es sólo un ejemplo de muchísimos casos similares que ocurren en México, y de los que nadie habla.
En México persiste una división social enorme, no sólo por factores económicos sino también por elementos culturales y de raza. Pero hacemos como si eso no existiera, y levantamos la voz airados frente al discurso racista de Trump. Va siendo tiempo de que asumamos lo que nuestra propia sociedad es aunque no nos guste, de otro modo no podremos cambiarla.
“¿Qué les costaba decirme que no podía ingresar porque soy tarahumara, en vez de ponernos tantas trabas?”, preguntaba Rosalinda. ¿Qué nos cuesta aceptar lo que realmente somos y dejar de ver para otro lado?, Pregunto yo.
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